domingo, 12 de febrero de 2017

MEMORIAS DE VIGILADOR 3
                                         
El recibidor del edificio en donde hago mi vigilancia nocturna es rodeado de paneles de vidrio transparente así como es su puerta, su piso es de baldosas cerámicas blancas que se continúan en el atrio que da a la amplia puerta de rejas lindante con la vereda.
Este atrio tiene a derecha y a izquierda unos canteros parquizados no con césped sinó con una granilla gris que puede ser granito desmenuzado.
Hago este prolegómeno a fin de ubicar al lector en el espacio geográfico al que me voy a referir para relatar el incidente de esta ocasión.
En cuanto al espacio temporal diré que fue hace un buen tiempo.  Tanto como para justificar otros acontecimientos en apariencia irreales o de fantasía extrema ocurridos con posterioridad y que se polarizaron en augurios de civilizaciones milenarias.
Mi tarea la hago caminando, de parado o de sentado.  Alterno las posiciones para florear mi estancia, claro está.  Ocurre que las cosas me sorprenden cuando estoy sentado, algo así como para “pescarme” desprevenido, como en esta ocasión.
Y relato.
Observar la calle a media madrugada es poco entretenido pues los vehículos pasan de vez en cuando, pero es parte de mi función.  Así estoy cuando el rabillo del ojo izquierdo percibo un movimiento hacia la granilla del atrio, algo así como un bulto que cae desde el primer piso, desde arriba.
El ojo vira de inmediato y veo que ese objeto no golpea sinó que se apoya suavemente.  Cualquier objeto caído hubiera rebotado en el suelo ¿No?
No, éste no.  Y se queda quietito.
Es un cilindro, calculo, de medio metro en largo y veinte centímetros en diámetro con los extremos redondeados, de color… de color…  No existe ése color…
Algo así como esas cápsulas que contienen polvo medicinal y que se tragan con varios sorbos de agua.  Pero más grande.
Me quedo mirándolo un rato largo y después vuelvo alternativamente mi mirada hacia el cilindro.  No se movió.
En un momento comienza a salir por ninguna puerta sinó a través de su pared una, dos, tres,… varias bolitas de colores distintos ya sí identificables en rosa, celeste, verdoso,…  Flotan en el aire.  Son de una pulgada más o menos.
—¡Oh, my God! —exclamo.  Es que la aculturación de mi sociedad saca desde dentro mío esta expresión.
En otro momento, dos de las bolitas vuelan directamente hacia mí y grito¡Revientan los vidrios!
¿No?  ¡No!  No, pasaron a través de los vidrios sin… sin…
—Hola, José Galeano —escucho.
—¿Qué hacés levantado a esta hora? —le respondo a Marcelo, el encargado que vive en la Planta Baja.
Trato de apartar los ojos de las bolitas que flotan frente a mí para encontrar a Marcelo.  Pero no está.
—Hola, José Galeanome repite la voz dentro de mi cabeza—.  Somos las bolitas que estamos frente a ti.  Venimos de otro mundo, del planeta Agra Positivo de la Constelación de la Cruz.  La esfera rosa soy yo, Elsa, y Perg es la esfera celeste.
Además de sorpresa, imaginación, desesperación y todas esas cosas que a uno lo ponen patitieso, me invade un hálito de familiaridad en lo que me transmite la bolita.  Algo así como que “ya lo escuché en otra parte”, sobre todo cuando me repito sus nombres.
Y sí, es la bolita que me habla.
Te necesitamos —dice Perg.
Como no de donde vienen ni adonde van, más que callar mi boca evito pensar, ya que leen mi mente, y dejo que se expliquen.
Que éste planeta Tierra evoluciona constantemente y se avecinan cambios drásticos para la supervivencia del humanoQue el planeta cercano, Marte, reúne condiciones de habitabilidad suficientes para continuar la vida humana en una nueva civilización.  Que yo debo difundir información de tipo literario para concientizar sobre los cambios que ocurrirán y, eventualmente, paliar desbordes de locuras o esquizofrenias en la población.”
No quien leería las tonterías que escribo pero, leyendo mi cabeza, prometen ciertos canales de comunicación por los cuales llegarían mis notas a la gente.
También pienso, en un rapto suicida, que sería mejor que desapareciera el humano ya que, en constante autopredación, se asesinan por litros de petróleo y kilos de oro para, además, contaminar el ambiente y continuar el genocidio.
Los extraterrestres me dan razón pero también dicen que hay otros humanos que luchan por preservar la buena vida de las comunidades y todas estas acciones que llevaremos adelante son para confirmar su obra.
Otro dato me alarma pero que debo tomar como cosa juzgada es que las cucarachas se irían a comunicar conmigo para darme instrucciones sobre la parte que me toca en toda esta cuestión.
—¿Las cucarachas? —exclamo.
—Sí, son humanos metamorfoseados a través de los siglos por causas climáticas físicas y químicas.  Quqa es quien hará contacto contigo —aclara Perg.
—Buena misión —augura Elsa.
—Buen viaje —digo (¿Qué les voy a decir?) cuando ya salen a través del vidrio y entran todos al… a la nave.
La nave se eleva y desaparece.
¡¡Extraterrestres!!
¿¿Por qué a mí??


Elsa y Perg… ¿De dónde me sigue sonando?
EL AMOR ETERNO

Dicen que existe.  No viviré para comprobarlo.           


LA MARIPOSA QUE QUISO RECORRER EL MUNDO
                                                                                     
Vivió un solo día…

                                 
LA PRINCESITA DEL PAÍS DE CHOCOLATE


Murió de un ataque al hígado.
LEVANTE
                                                                   
—Ahí está otra vez, en la parada.  Está linda, me gusta.  Hoy me le animo.  Pero es que…con todos los pasajeros subiendo…me da no que —rumió.

Hasta dónde…de cuánto… —siempre las mismas preguntas…
—Otra vez nos encontramos —le digo cuando sube.
Hasta dónde… —repito maquinalmente.
Vos sabésme dice.
Claro que lo , todos los días espero que estés en la parada —agrego.
—¿Ah, sí? —se interesa.
—¿Por qué no me esperás vos esta vez?  Hoy termino la vuelta a las diez —propongo.
Me dice…me dice: —Ni loca, che.  Con un marido, tres pibes y un amante, ando reventada-

Subieron todos…puedo cerrar la puerta… —recito y arranco el colectivo.


LA JUANA Y YO

La Juana y yo nos fuimos
una tarde de febrero
a pastoriar a los campos
del amigo Baldomero                

Es mucha la inmensidad
para acogernos a ambos
Mucha más la intimidad
que nos brindaron los campos

Resguardados entre espliegos
y en lecho de mata y fresas
nos cubrió con sus perfumes
la sabia Naturaleza

Nos mecimos entre sones
musicales para amantes
de las palomas torcazas
y golondrinas migrantes

El Edén de la Creación
el Edén del ser primero
seguro estaba en los campos
del amigo Baldomero

Cobijando al campo entero
el crepúsculo llegó
y en el medio de la noche
quedamos la Juana y yo

Sin dejar de pastoriar
vivimos de esa manera
bajo la luz de la luna
bajo la luna campera

¡Qué amor el de mi Juana!
¡Qué amor que ella me dio!
Pasamos toda la noche
de amores entre los dos.

Y así quedamos gozosos
gozosos como cualquiera
cualquiera que pastoriando
se pasa la noche entera

El alba nos encontró
sobre la hierba abrazados
pastoriando nuevamente
como los enamorados

Alrededor de nosotros
los tractores ronroneaban
Los pájaros entre gritos
tierra arada picoteaban

Nos escurrimos del monte
para volver a las casas
cuando los peones se fueron
a mitad de la mañana

Recorrimos la arboleda
entre mirada y mirada
entre sonrisa y sonrisa
con las bocas enlazadas

Hasta mañana dijimos
Hasta mañana mi Juana
¡La despedida es tan larga!
Será sólo hasta mañana

Me quedé mirándola
cuando a las casas llegaba
no pude más que gritar

¡Qué amor el de mi Juana!
DE CÓMO Y CUANDO
CONOCÍ A LA JUANA

Como conocí a la Juana
es una cuestión fulera:
ocurrió en el entrevero
de una carrera cuadrera

Yo le corría el manchado
al amigo Baldomero.
Como soy chiquito y flaco
la fija era ser primero

Al tostao de Don Simón
lo corría el gordo Juan
y a la fuerza ganaría
por eso del que dirán

Faltando dieciocho metros
para llegar a la meta
el gordo se fue al carajo
y se hizo mierda la jeta

Furioso por ni llegar
me fue a buscar al palenque
y entró a repartirme golpes
con el mango del rebenque

No esperaba su reacción,
no creí que lo advirtió:
con un espejo chiquito
le encandilé al mancarrón

Me golpeó bastante tiempo
y al fin regresó la calma
cuando llegaron refuerzos
después de romperme el alma

Apareció allí la Juana
que era enfermera de guardia
que me llevó al hospital
y que me tiró en la cama

En pelotas me dejó
y en un examen conciente
me emparchó de cabo a rabo
y pasé a convaleciente

Poco podía moverme
Cuando pensaba, gemía
¡No vuelvo más a los burros!
¡Cuadreras de porquería!

Estuve catorce días
con emplastes y tisanas
Más rápido me curaron
las caricias de la Juana

Pero no eran todas rosas
en mi vida penurienta:
el gordo Juan, a la Juana,
le arrastraba la osamenta

Yo diría la grasienta
porque el gordo reventado
pesaba más de noventa
de parado y de acostado

La situación mejoró
y mejoró a todas luces:
ahicito el gordo cayó
por cuatrero de avestruces

Y así empezó el enriedo
¿Qué más he de comentar?
Desde aquel mismo momento
empezamos a “ennoviar”

Claro que hasta ahí nomás
se daba el acercamiento:
si hasta los perros del barrio
nos bombeaban con chimentos

Encerrados en el zaguán
iba la mano estirando
mientras la Juana decía
“mamá nos está mirando”

Nuestros deseos innatos
minaban el sentimiento
y nuestra desesperanza
llenaba cada momento

Esa vida no era vida
Ese amor no era amor
Decidimos resolverlo
para darle otro color

La cuestión era difícil:
pocos escondrijos había
que guardaran nuestras cuitas
con profunda celosía

Hallamos, resueltamente,
entre los yuyos. el piso
y bajo el cielo campero

el ansiado paraíso
DEL ENNOVIAMIENTO
DE LA JUANA Y YO (o de
cómo cái como un chorlito)

Qué bonito que es el tiempo
de cuando uno está noviando
No puede pensar en nada
Se la pasa boludiando

Con la Juana así anduvimos
Fue un gran tiempo de placer
en que íbamos al monte
a tomar mate y… café

En esta vida mañosa
se acaban las cosas buenas
y a gatas te dejan tiempo
para pensar en las penas

El caso es que el otro día
la Juana me convidó
para ir hasta su casa
a estar en una reunión

Fue una sorpresa, me dijo,
que mamá y papá nos dan
porque toda la familia
quiere ver a mi galán

Esto tenía a todas luces
solo un destino siniestro:
a no más de… tantos meses
el seguro casamiento

Es que no vine cambiado.
Es que no estoy presentable.
No hay excusas que le valgan
cuando la Juana está amable

Estaba el salón entero
todito emperifollado
Cuando apenas me asomé
me rajé para otro lado

Tal susto es el que agarré
que me dio por escaparme
Salió la Juana corriendo
para poder atajarme

Dicen que el susto no es sonso
y fue una premonición
Más adelante les cuento
como acabó la función

Te amo-Te amo, me decía.
Te amo-Te amo, dije yo.
Pero aquello fue una trampa
La pucha que lo tiró

La Juana me entró de nuevo
agarrándome del brazo
y empujando despacito.
¡Mi susto era machazo!

Paremos aquí la mano
y pensemos con cautela
¡Me presentó como novio
a toda la parentela!

La cosa estaba jodida
¿cómo hacía pa’rajar?
Pero… pensando otra vez
¿Por qué quería zafar?

Al fin me metí en la rueda
de lo que era un jolgorio
presintiendo, buenamente,
que venía mi velorio

Amodorré mis neuronas.
Me preparé pal encuentro
y, como dice el refrán:
gozá porque ya está adentro

Acomodé una sonrisa
que salió de medio lado
mientras revolié los ojos
de carnero degollado

La mesa estaba servida.
Servida con los parientes
Parientes que me miraban
con las uñas y los dientes

La Juana cogió mi mano
La cogió en el buen sentido
Si es por pensar otra cosa
pues… lo habíamos colegido

Que éste es el Tío Ramón
y su señora, Juliana
Y estas son mis dos primitas:
la Fulana y la Mengana

Era un pariente lejano
más largo que el escarmiento
y era tan gordo el fulano
que ocupaba dos asientos

Estaban buenas las primas
Me acordé del secundario
en que les arrastré el ala
pero d’esto ya hacía un año

Después el tiempo pasó,
me dediqué a las cuadreras
y ya no me dieron bola
por “jugar a las carreras”

No sé si me conocieron
Me quise tapar la jeta
La Juana me iba a tildar
de guachote y de sotreta

Se me ocurre de que sí
porque al punto se miraron
Me quedé como un egipcio
que de momia embalsamaron

Alrededor de la mesa
recorrimos el espinel
¡porque había cada bagre
ensartados en aquél!

Al fin me dejó sentado
justito en la cabecera
entre su madre y su padre
y pa’que todos me vieran

En tremenda situación
no se halla ningún experto
Uno se queda quietito
como en un cajón de muerto

Aproveche la volada
para junar el ambiente
Eran muchos los que estaban
y todos eran parientes.

El galponcito del fondo
fue el lugar del agasajo
donde empezaba a llegar
el olorcito de asado

El techo era de cabriadas
con horneros, telarañas,
palomas, gorriones, teros
y alguna que otra alimaña

El piso era de tierra
pero estaba apisonada
y pa’no levantar polvo
le echaron una regada

Había unas cuantos armarios
en todo el alrededor
para guardar herramientas
de la casa y de labor

Donde estábamos nosotros
guardaban la maquinaria
Allí habían puesto la mesa
de caballetes y tablas

De madera eran las sillas
y el asiento era tan duro
que después de diez minutos
me empezó a doler el cu…erpo

Habían tablitas redondas
dispuestas sobre la mesa
con cuchillo y tenedor
y una enorme servilleta

Botellones con un blanco
que era delicia mirarlo
y un tinto que me llamaba
como pa’no despreciarlo

Ensaladas de lechuga,
de cebolla y de tomate
y para condimentarlas
con sal, aceite y vinagre

Teníamos chimichurri
preparado con esmero
pero picaba a las tripas
como un abejorro en celo

Enseguida vino el grito
que llegaron los chorizos
Como por arte de magia
cerraron todos los picos

La velada transcurrió
engullendo a troche y moche
y la función termino
ya bien entrada la noche

No sin antes, si se precia,
despuntar la guitarreada
y como cierre de cuerdas
la consabida payada

¿Quién habría de oficiar
de cantor y guitarrero?
¿Ya lo habían imaginado?
Mi amigazo Baldomero

Como de años me sabía
me gastó frecuentemente
y se ca…ían de risa
todos mis nuevos “parientes”

En fin… ya era el novio oficial
sin atisbos de tramoya
Más atado que un matambre
y dando vuelta en la olla

Hice el balance final.
Hice el balance solito
y es indudable la cosa

de que cái como un chorlito
CHARLAS  DE  CAFÉ
                                                 
INTRODUCCIÓN.
Lo regular que uno piensa es que este mundo es una porquería y, a veces (no siempre), uno quiere que este mundo deje de ser una porquería y quiere arreglarlo pero (siempre hay un pero) busca la compañía de otro, no sea que la cosa salga mal y tenga que cargar con todo el fardo.
Esto lo pensé yo.  También lo pensó Juan.  Juan es mi amigo.  Nos dimos cuenta que los dos pensamos lo mismo en una de esas charlas de café en que nos reunirnos para, justamente, arreglar el mundo.
Somos jóvenes, tenemos energía, tiempo y fuerzas para dedicarnos en nuestros ratos libres a buscar el modo de solucionar todos los problemas que aquejan a nuestros congéneres.
-¡Qué espíritu emprendedor!, dijimos.  Y brindamos a la Humanidad una buena parte de nuestro tiempo diario para salvarla.
El tema es por donde empezar a arreglar al Mundo.
Comenzamos la búsqueda de por donde iniciar la faena, o sea que no íbamos a arreglar al Mundo así porque sí y tampoco íbamos a componer a la Humanidad así porque sí.  El asunto es empezar por la célula básica o sea el individuo humano.
En cuanto al modo de llevarlo a cabo, advertimos que un método interesante es el convencimiento a través de la palabra, tanto oral como escrita.  Es usado desde hace miles de años y está difundido por todo el globo en versiones según el idioma que le corresponda a cada grupo social como para llegar a todos los individuos.  Concluimos que, si estamos como estamos, esta herramienta es, obviamente, inútil.
Luego, le propuse a Juan el buscar de corregir los factores de agresividad registrados en las neuronas del cerebro mediante pequeños choques eléctricos que las menguaran y dieran relevancia a factores de comprensión y aceptación del otro.  Todo esto en base a mis estudios de postgrado en psiquiatría.
Juan, como ingeniero electrónico, está capacitado para fabricar una máquina acorde a las últimas tecnologías en lo que hace a avances en microcircuitos, conectores, uso de energías y emisión de radiaciones y cargas eléctricas.
La porción financiera de toda esta torta la solventaríamos con aportes a medias de acuerdo a  nuestras posibilidades o sea que hasta nos jugaríamos el no ir a la cancha más de un domingo, habida cuenta de la empresa en cuestión.

LA MÁQUINA.
Lo primero organizado fue el equipo de tareas.  Por el momento estaba completo con nosotros dos.
Instalamos nuestro laboratorio en la cochera de mi casa dado que estaba vacía y contaba con una mesa para trabajar y todas mis herramientas, que no eran pocas.  Además, unos estantes vacíos nos permitirían guardar ordenadamente los papeles que hicieran falta.
Le copié a Juan la llave de la cochera para que tuviera la libertad de venir a trabajar en el momento que creyera conveniente y de irse tarde por terminar algún circuito.
Tengo conocimientos de la mente humana y de las zonas del cerebro en donde se alojan estas neuronas y por medio de mapas del mismo nos resultaría razonablemente fácil acceder a ellas. A continuación le aplicamos el choque eléctrico y modificamos el factor determinante de la conducta o patrón de comportamiento.  Todo esto regulando el tiempo durante el cual puede aplicarse un impulso determinado así como su intensidad para lograr el efecto específico buscado.
De mi cuenta recabé la información técnica necesaria y diseñé los mapas del cerebro, luego otros más en detalle de cada una de sus zonas conductuales que son las que nos importan.  Asimismo revisé toda la documentación sobre el cerebro en los experimentos de la Escuela Rusa de Pavlov.
Juan se ocupó de diseñar los planos de la máquina, de buscar los elementos y las herramientas adecuados que hicieran falta en los negocios del ramo electrónico y, posteriormente, construir un artefacto electrónico que emita choques eléctricos de pequeña intensidad. 
El tiempo siguió corriendo para el Mundo, para Juan, para mí y para “La Máquina”.
Quedó armada del tamaño de un televisor mediano, la parte superior con campana de vidrio bajo la cual dos electrodos transmiten un arco voltaico constante.  Al frente con los relojes y variadores de voltaje y amperaje y los enchufes para las puntas de prueba y para el pulsador de pie.

EL EXPERIMENTO.
Y ocurrió que fue mayúsculo el susto que nos pegamos cuando dijimos: ¿quién la prueba?
Es regular que en todo laboratorio se usen animales para estos eventos.  Juan, sonriendo, me dijo que podía aportar una gallina del gallinero de su casa.  Le dije que las gallinas son bastante agresivas y resultarán buenas para el experimento y que serán necesarias dos gallinas para comparar los resultados y que le pediría una a mi Tía Etelvina, así son de dos grupos distintos.
Dado que a veces ocurren pequeñas diferencias entre el cerebro humano y el cerebro de las gallinas debí preparar para esta prueba los mapas correspondientes a las zonas gallináceas en cuestión.  La Fundación Ornitológica me aportó todos los antecedentes con que disponían los cuales corroboré, corregí y aumenté con un par de disecciones de las cabezas de otras tantas gallinas que me cedió muy gentilmente mi Tía Etelvina antes del puchero dominguero  de la semana anterior.
Del dicho al hecho.  Colocamos las gallinas en una jaula grande para que se muevan con cierta soltura.  Bautizamos a las gallinas “Juana” a la de Juan y “Eduarda” a la mía.
El primero fue un día normal de gallinero: los animales se adaptaron al lugar y se comieron el maíz con fervor, aún peleándose por los últimos granos.  Esto es lo que escribimos en el cuaderno de bitácora como justificativo de nuestro magnánimo emprendimiento.
A la mañana del segundo día iniciamos la aplicación del “rayo de la felicidad”.
Elegimos a Eduarda, mi gallina, para someterla al cambio de comportamiento.  El caso es que no se quedaba quieta a pesar que se lo pedimos varias veces.  Ahí descubrimos que no maneja muy bien el español.  Por tanto, le ajustamos las patas con una cinta y la dejamos echada sobre la mesa de la cochera que ahora usábamos para el experimento.  Conectamos una punta de prueba a la pata de Eduarda arrollando el cable y con la otra punta comencé a apuntar a la cabeza, ya desplumada, según me indicaba el mapa cerebral.
Yo descargaba la tensión con el pulsador de pie y, a cada indicación, Juan variaba el voltaje.
Durante todo el tiempo que duró el experimento la gallina dio pequeñas vibraciones a cada descarga porque el rayo también excita a las neuronas que comandan músculos.
Luego de una sesión de treinta y cinco minutos de ir alternando varias zonas cerebrales dimos por terminada la prueba.  Aquí, Juan me hizo notar que había quedado cierto aroma a pollo rotisado dentro de la cochera.
Solté las patas a Eduarda y le di una palmadita suave para que se levantara; pero nos asustamos, yo más: mi gallina no se paraba.
-¡Mierda, se nos fue al carajo el experimento!, dije.
La comencé a masajear con las dos manos para distenderla por si estaba tullida de su postura sobre la mesa o por las descargas eléctricas.  Enseguida se recobró, se paró y comenzó a caminar sin asustarse, además inició un canto suave de cacareo y melodía que, si bien es natural en ellas, nos sorprendió gratamente.  Todo esto lo anotamos.
El segundo paso y el más importante era verificar su comportamiento “en sociedad”.
Vuelta a la jaula junto a Juana, les echamos maíz.  Juana comió con desesperación (como siempre y como toda gallina que se precia) mientras Eduarda lo hacía displicentemente, como sin mucho interés.  A los últimos granos, Eduarda dejó de comer y, alternativamente, con su pico empujaba los granos de maíz hacia Juana y entonaba su canto mezcla de melodía y cacareo.
Los días se sucedieron unos tras otros y el experimento continuaba en su fase de control.
Las conductas de Juana y Eduarda se repitieron y a cada día que transcurría mi gallina estaba más flaca y caída por comer menos y la gallina de Juan estaba más gorda y rozagante.
Luego, decidimos colocar a las gallinas en jaulas separarlas.  Con esto logramos recuperar la salud de Eduarda.

CONCLUSIÓN.
La conclusión del experimento la consideramos satisfactoria: la Máquina de la Felicidad funcionaba a la perfección porque a Eduarda se la veía feliz y dicharachera.
Así, exacerbados con el éxito de nuestro experimento, nos fuimos a brindar al antro ancestral que cobijara nuestros primeros atisbos de gloria: el café del barrio.  Casi no hablamos esta vez, estábamos demasiado emocionados.  Todo fue simple y rápido.  Gozoso, tal vez, para cada uno.  Nos despedimos con un abrazo profundo y un “mañana la probamos conmigo” que pronunciamos al mismo tiempo.
Estuve todo el resto de la tarde haciendo un racconto del trámite de nuestro programa para salvar a la Humanidad.  Me sentía feliz, realizado como Hombre.
A la noche no pude conciliar el sueño.  Me surgió la duda sobre la aplicación en individuos que vivan en sociedad ya que si ocurre lo mismo que con mi gallina aquel que es inducido por la máquina podrá resultar abusado de cualquier circunstancia que se plantee para con otros.  Esto involucra subyugaciones tales como si fuese un lavado de cerebro a científicos, un magnicidio, el ataque a una ciudad, a…
Ahora recuerdo que esta tarde me ofrecí a probar la máquina conmigo mismo.  Significa que mi voluntad quedará a merced de la voluntad de otros porque yo aceptaré felizmente cualquier cosa que se le ocurra al otro.
También si Juan quiere arrogarse la propiedad de la máquina yo no me opondré…
Esto no podrá ser… el no será capaz… pero ¿quién le dirá que no?
Y también el tío Nicolás que la semana pasada me propuso, en broma, que le regale la casa… si me lo propone otra vez yo lo aceptaré felizmente…
Y así, me pasé toda la noche inventando situaciones que me ubicaban como otorgando mis bienes y mi vida a todo aquél que, simplemente, me lo propusiera.
Ya muy temprano, sin haber pegado un ojo, no soporté más una acuciante idea que corroía mi cerebro.  Me calcé el equipo de gimnasia que uso para correr y fui a la cochera dispuesto a todo.
Allí ya estaba Juan, maza en mano y con cara de satisfacción.
Había pensado lo mismo que yo.
Nos miramos largo rato.
Así, exacerbados con el éxito de nuestro experimento, nos fuimos a brindar al antro ancestral que cobijara nuestros primeros atisbos de gloria: el café del barrio.  Casi no hablamos, también esta vez, estábamos demasiado emocionados.  Todo fue simple y rápido.  Gozoso, tal vez, para cada uno.  Nos despedimos con un abrazo profundo y un -lo regular que uno piensa es que este mundo es una porquería- que pronunciamos al mismo tiempo.


EL PADRE DE MI NOVIA
                                                
Mi novia me invitó a su casa para presentarme a sus padres.
Domingo al mediodía.
Hace un mes que nos conocemos y a nuestra edad de cincuentones abreviamos algunos pruritos porque sabemos como viene la mano, sobre todo cuando nos encontramos coincidencias razonablemente fundamentales como para seguir encanutados.
Y en fin… aquí estamos.
Buena gente.  Dicharachera y para mí, que me gusta charlar, es encantadora.
La vie… digo la mamá preparó una cazuela de calamares con salsa de tomates y arroz blanco que casi le pido la mano al marido.  Y haciendo navegar a los calamares en un buen chablis (son dos botellas, porque las vaciamos) que aporté para la ocasión nos vamos al living a seguir conversando como antes del almuerzo.
No fue como antes.  Ya es la segunda charla y, además, tenemos un coordinador: el Sr. Chablis.
El vie… digo el padre adquiere cierta familiaridad, como de amigos de la infancia.  En una de esas, y aquí viene el quid de la cuestión de mi relato, me pregunta: —Che, y ustedes ¿dónde hacen el amor?
Mi vaho vinícola resulta arrastrado por un Pampero sureño con bajante de temperatura a cero grado.  Las dos mujeres se miran como resortes y dejan los pocillos de café sobre la mesita porque se les tiemblan bastante.  Hurgué en mis neuronas mientras me sigue mirando inquisidor.
No me puedo negar: nos vio muy cariñosos y con arrumacos y esto es signo de haber transpuesto ciertos límites de confianza.  La otra es que le conté que vivo en un monoambiente con cama de una plaza y no le voy a decir que obligo a la hija a tamaña miserable incomodidad para… para…
En fin…
—¿Sabe Don?  Así, de vez en cuando, cuando queremos estar solos en la intimidad nos vamos a alguno de esos sitios que están preparados con todas las comodidades para pasarla lo mejor posible, con calefacción y música y agua caliente…—digo.
—…y una cama de dos plazas espeta.
—y… sí —respondo.
—una amobl…
—y… sí —agrego con presteza.
Hasta aquí las mujeres siguen mudas, sin pestañear y tiesas como postes.
—¿Sabés?  Nosotros nunca fuimos a uno de esos sitios.  En nuestro tiempo eran pocos los que habían y estaban lejos y, además, los viejos andaban mirando el reloj a cada rato —dice.
Yo siempre oportuno para lo que no debo decir, digo: —¿Y no… ?
—¡Ehhh… seguro que sí!  Íbamos a otro barrio, en una vereda en donde los árboles tapaban al farol, y allí… —me responde.
—¡¡Paapiii…!! —dice la señora.
Pero lo dice con tal dulzura que no me cabe duda alguna que está viviendo el momento que relata el marido.
Se miran.  Se toman las manos.  Se besan.  Lloran.  Y ríen…
Juro que también se me escapa un lagrimón.  Y nos miramos con Francis.

En materia de vinos uno bebe una buena calidad y no se achispa salvo que, además, sea en buena cantidad.  Esto da lugar a redondear el quid de la cuestión.
—Y decime Eduardo ¿Me podés recomendar uno bueno para ir con mi nena?me sorprende.  Y asiento  ¿Qué remedio?
—¡¡Paapiii…!!salta la señora.
—Sabés nena que nos vendrá bien conocer un sitio así.  Es algo distinto que no conocemos y no hacemos daño a nadie —responde.
—Pero nos ven al entrar —arguye.
Aquí, estimo, la señora empieza a entrar, sumando el recuerdo de las aventuras del noviazgo.
—Eduardo, dame la dirección de uno que esté en otro barrio y vamos ahora todos en mi autome pide.
—¡¡Paapiii…!! —esta vez lo dice Francis.
Es todo demasiado lindo como para que este encuentro no resulte en un final feliz.
¡Los cuatro zarpamos en el crucero del amor!
No, no estoy loco.

Cuando acabamos nuestro turno vamos a la planta baja.  El empleado me dice que el señor del cuarto trece le llamó para que le haga llegar otra pastillita azul en cuanto salgamos.  Se la entrego y avisa a la mucama para que la deje en la ventanita del trece.
Nos quedamos a esperarlos sentados en el sillón del recibidor.  Seguimos besuqueándonos y en eso Francis se queda quietita, dormida, y yo abro los ojos cuando el padre de mi novia me pone la mano en el hombro.
Ambos tienen sonrisas en los labios y en los ojos.


MATES URBANOS
                                                                                       
Me cuenta Sara                                      
que dice Rosa del cuarto dos
que la otra noche se apareció la vecinita de la pensión
y le contó

Hablaron largo
porque entre mates y lavando platos la vecinita se despachó
muchas verdades, muchas mentiras
y entre una de ellas le mencionó
que aquí, en el barrio, alguna cosa le sucedió a una señora que allí vivía
en su pensión

Que alguna noche de ésas, de invierno
le sucedió que el viento sopla y a su ventana la empujó
que a las dos hojas de su ventana las apartó
y que una cosa grande y tremenda
la penetró

Fue la sorpresa
que entre los ruidos de viento y agua la amilanó
y que sus ojos
de los relámpagos
entrecerró

Tras la tormenta
con ansia grande
en la ventana avizoró que el infinito está muy cerca
está muy cerca
del corazón

Ésta señora grave y adusta
se lo contó
casi en secreto
porque afirmó que cosas de éstas no son creíbles
en su pensión

Dicen que dicen
que la señora grave y adusta desde aquel día se sonrió
y las ventanas dejar abiertas
en las tormentas

recomendó
ANDREA DE LA CROIX
                                                 
La vengo a visitar.
Me invitó a su casa.
Es que nos conocemos hace algunos años.  Y somos amigos.
Pero amigos-amigos.
También me gusta algo más que como amiga.  Se lo dije varias veces.
No agarró.
Creo que, como algunas mujeres, busca a un tipo que tenga guita para llevarla a pasear y a boliches de onda a tomar un café.  También, si se da mucho mejor, que tenga auto así la lleva de un lado para el otro a donde a ella se le cante.
Pero yo no.  No tengo auto y no tengo guita.
También no me gusta que me usen como siervito.  Por lo menos mientras me de cuenta.
Busco a una mujer con mayúscula.  Una mujer que me ame a mí y no a mi guita.
Una mujer con la que nos miremos por enésima  vez en el día y lagrimeemos de emoción.  Sólo de vernos.
Pero, bueno, no se da todas las veces.  En fin…
El caso es que además de estas divergencias tenemos nuestras convergencias.
Una de ellas es la de reunirnos de vez en cuando para tomar unos mates o para comer alguna cosita como de cena.  Yo llevo el vino.
En nuestras convergencias charlamos de todos los bueyes perdidos que tenemos por la inmensa pampa de nuestras vidasPor lo menos de los que nos acordamos en ese momento.
De más está decir que hago la oportunidad oportuna (valga la redundancia) para ensalzar alguna de sus cualidades.  Las cualidades que se ven a la vista (valga la redundancia, de nuevo) y las que podrían estar ocultas y que, aunque no las tenga, es bueno decírselas siempre a toda mujer.  En todo caso para ver si afloja alguna vez.  En un descuido, claro.
Yo insisto.  De hecho, incentivado por el incremento térmico de mi masa corporal producto del momento que transcurro.  Andrea se lo merece.
Ya en las postrimerías de mi estancia en su tan grata compañía nos apropicuamos a la puerta de calle descendiendo por la escalera.  Su depto es un cubículo vertical: entrada, un minúsculo recibidos y la escalera hacia arriba en la planta baja; cocina con comedor, living y baño en el primer piso; dormitorio en el segundo piso y una estancia para estudio o taller en el tercer piso.  Todos los ambientes dando a un amplio ventanal orientado a la calle.
Bajando la escalera, como digo, me detengo.  Voy yo delante.  Me detengo y ella queda detrás de mí.  Giro y la enfrento.  La miro a los ojos.  Ahí estamos a la misma altura porque el escalón de diferencia salva nuestra diferencia física.  Física de altura, claro.  Y yo me detengo, justamente, por las otras diferencias físicas, claro.
Y mirándola a los ojos como digo, comienzo a recorrer con mis dedos su rostro.
Paso mis dedos por sus cejas, su frente, bajo a sus mejillas, me voy a sus orejas, subo a sus cabellos y acerco mis labios a los suyos.
Sólo un piquito le doy.  No me responde.  No espero que me responda porque enseguida apoyo mi mejilla a la suya para sentir su piel.
Se deja hacer.
Es ahora con los labios con los cuales recorro su cabeza.  Beso los párpados de sus ojos con parsimonia, subo a su frente y, más allá, a sus cabellos.  Luego los pabellones de sus orejas y vuelvo a la cara.  Otra vez sus ojos, su nariz, bajo a su mentón y, por fin, a sus labios.
Digo “por fin” como un corolario de todo el flirteo.  Como si a través de nuestras bocas pudiéramos transmitirnos todo.  Todo-todo.  Todo lo que cada uno siente dentro de sí para con el otro.
Nada dice en todo este tiempo.  Pero habla al final.
Sí, habla al final.  Sus labios se abren y apoyan en los míos.
Sus brazos abrazan mi cuello.  Las palmas de mis manos se apoyan en su espalda y traigo su pecho contra mi pecho, suave pero firmemente.
No se ni nunca sabré cuanto tiempo dura este beso.  En verdad, no me importa.
Sé que comienzan a rodar por mis mejillas un torrente de lágrimas.  Mojo también su cara.
Me doy cuenta de toda la emoción contenida dentro de mí durante tanto tiempo.  Tanto tiempo deseando este momento.  Me doy cuenta que esto es… que esto es…
Ella también.
Ella también llora.
Ambos iniciamos en el otro el reconocimiento de los lugares donde guardamos nuestros instintos.
Ahora ella me vuelve a besar.  Imbrica sus dedos en mis cabellos.  Palpa mi cara, mi cuello, mis hombros.  Me mira y remira a los ojos.  Me besa y rebesa los labios.
En tanto, mis manos se deslizan debajo de su camisa y rodean sus pechos.  Una piel tan suave…  Alzo su camisa y alzo mi camisa.  Siento la suavidad de sus pechos sobre mi pecho.  Siento la turgencia de sus pezones en mi pecho.
Navegando mis manos sobre su vientre destrabo el cierre de su pantalón y apoyando mis manos a cada costado de su cintura lo deslizo hacia abajo junto con su bombacha.
Ella hace otro tanto con mi pantalón y mis calzoncillos.
Nos volvemos a mirar a los ojos.
Apretando nuestros cuerpos con un abrazo infinito apoyamos nuestras manos en los hombros del otro.
Los labios vuelven a juntarse y a jugar en besos pequeños y muy húmedos.  Los dientes mordisquean con dulzura los labios.
La ansiedad mutua crece.
Los instintos se buscan… se rozan… se enfrentan… se besan…
Se escapan.
La ansiedad mutua crece.
Y otra vez se buscan… se rozan… se enfrentan… se besan…
se besan
                              se besan
                                                          se besan
Nos volvemos a mirar a los ojos y estallamos en la convulsión de vida y el jadeo de gozo esperado, tal vez hace…

Quedamos en la escalera, sentados, abrazados
                                                                                                                                desde aquella vez
porque con mi pañuelo sequé nuestras lágrimas.  Me acomodé la ropa y le ayudé a acomodar la suya.  Nos dimos un piquito y me fui.

Nos reunimos de vez en cuando para tomar unos mates o para comer alguna cosita como de cena.  Yo llevo el vino.
Porque somos amigos.  Amigos-amigos.
Es que ella es una mujer que necesita un hombre que tenga dinero para llevarla a boliches de onda a tomar un café y esas cosas.  Es que ella es una “mujer de mundo”, que se dice.
Y yo… yo… yo no.